El rol de los medios de comunicación en tiempos de coronavirus

¿Qué lleva al ser humano a aceptar que lo encierren en nombre de su protección? Para descubrir la popularidad de las cuarentenas y a su vez de los políticos que las decretan, quizá debemos observar el peligroso sesgo cognitivo del pánico y su conexión con la cobertura mediática.

 

 

Steven Pinker, prestigioso psicólogo canadiense y profesor en la Universidad de Havard, afirma que "hay una negatividad inherente a la naturaleza del periodismo". En su libro En defensa de la ilustración, Pinker se detiene en una parte para examinar el daño que la negatividad en el tono de las noticias le está haciendo a nuestra civilización. En la misma sintonía se manifiesta el investigador noruego Johan Galtung, director del Instituto de Investigación para la Paz de la Universidad de Oslo: "Los medios de comunicación dan una imagen totalmente sesgada de la realidad, haciendo que la percepción de la misma en el público se vuelva excesivamente negativa".

 

Casi nunca se observó nada que domine la cobertura de noticias como el COVID-19 y cómo las sociedades, desde las más anárquicas hasta las más dependientes del estado, pidieron a sus gobiernos actuar ante un pánico de incertidumbre feroz. Sin adentrarnos en estudios de manipulación mediática y centrando el foco principal del rol mediático como espejo de la demanda de la población y no viceversa, vale la pena analizar cómo esa connotación pesimista del periodista, inherente a la profesión, ha desencadenado en efectos contraproducentes en tiempos de pandemia.

 

No se trata de culpar al periodismo, sino de entender un elemento sustancial en este análisis que es estudiar más a fondo el complejo funcionamiento de la mente humana. Sabemos por la ciencia cognitiva que el cerebro humano se engaña fácilmente y encuentra revelaciones de causa y efecto donde no las hay. Suceden coincidencias y las damos por hecho. Le otorgamos mucho peso a imágenes fuertes. Si hay una noticia sobre el crimen atroz en la televisión creemos que la inseguridad está en alza.

 

"Tendemos a tener mucha confianza en juicios que hacemos basados en muy poca información. Es uno de los aspectos más importantes de la cognición. Somos capaces de generar interpretaciones muy rápidas; eso es maravilloso, porque nos permite actuar rápido, pero por otro lado no somos conscientes de lo que no conocemos y podemos equivocarnos", dice Daniel Kahneman, catedrático de Psicología en la Universidad de Princeton.

 

Kahneman se convirtió en 2002 en el primer no economista galardonado con el premio Nobel de Economía gracias a sus estudios sobre la toma de decisiones en momentos de  incertidumbre. Su ensayo, Pensar Rápido, Pensar Despacio, divide simplificadamente para comprensión del lector, el funcionamiento de la mente en dos sistemas, el 1; el más común y responsable de nuestras percepciones espontáneas, y el 2; con menos uso, es donde desarrollamos un estudio más detenido y sin apuros para llegar a una conclusión.

 

Predicciones, expertos y el gobierno "haciendo algo": una contaminación mediática

 

La relevancia de estimaciones catastróficas y afirmaciones apocalípticas tienen una carga emotiva mucho más contundente que buena noticia. Por ejemplo, llevándolo al plano de la prensa, cuando Neil Ferguson, del Imperial College de Londres, hace más de tres meses, informó sobre su modelo que predecía hasta 2 millones de muertes por coronavirus en los Estados Unidos, el New York Times aceptó las predicciones como un hecho casi verificado, tanto en sus noticias como en su cobertura editorial. A pesar de que Ferguson tiene un largo historial de exageraciones en sus modelos de muerte por enfermedad, los medios trataron sus predicciones como certezas y exigieron medidas radicales al gobierno para contrarrestar esta supuesta amenaza.

 

Aquellos que somos escépticos de afirmaciones apocalípticas de los "expertos" —desde las falsas predicciones de Thomas Malthus o Paul Ehrlich sobre hambrunas por el crecimiento poblacional hasta las afirmaciones de Al Gore de que el hielo marino iba a desaparecer del Ártico hace quince años— nos preguntamos en voz alta si realmente íbamos a ver una repetición de la epidemia de gripe española de 1918 y concluimos que no. Sin embargo, cuando los llamados expertos predicen fatalidad, la prensa esperan ansiosamente los próximos oráculos. Lo que siempre sigue es la demanda de que el gobierno, con su grupo de expertos, intervenga y nos salve.

 

Una visión del progresismo, que hoy en día es realmente la filosofía de dominante en casi todo el mundo, es que los límites constitucionales al poder del gobierno son inadecuados en una sociedad compleja como y que no debemos ser gobernados por políticos que no hacen nada, sino por expertos que intervienen constantemente.

 

Está claro que los medios corren hacia las malas noticias, porque son las malas noticias las que venden. Pero también se trata de "el periodista" que da la noticia. Sucede que los periodistas se remiten a aquellos expertos que coinciden en el pronóstico de malas noticias, y al mismo tiempo, los expertos han comprobado que es mucho más probable que la gente los escuche cuando predicen la fatalidad que cuando dicen que todo anda bien. Durante la mayor parte de la educación formal al periodista se le enseñó que nos estamos quedando sin recursos a causa de una producción capitalista salvaje, que la superpoblación del planeta es una amenaza y que la catástrofe ambiental siempre está a la vuelta de la esquina. Algo como la saga del COVID-19 encaja en casi todas las perspectivas de los periodistas que nacieron bombardeos con esas problemáticas.

 

Si creen en todo lo apocalíptico en lo que respecta al medio ambiente ¿cómo van a mostrarse escépticos cuando los Neil Ferguson del mundo científico predicen millones de muertes? Por otro lado, debido a su creencia de que los expertos tienen todas las respuestas, es más probable que para defender la postura de ellos, enfrenten a los expertos contra los incultos (que en cuarentena quieren volver a trabajar o abrir sus negocios cerrados ). Cualquiera que contradiga esa sabiduría es tratado como un paria ignorante, incluso si esa persona es un científico de élite con un historial de educación superior.

 

Cuando combinamos los distintos elementos, es decir: el pánico cognitivo propio del cerebro humano, el culto a predicciones apocalípticas de los periodistas modernos, y la veneración mediática hacia los expertos, es lógico que la respuesta a un virus del cual carecemos de información la demanda mediática sea que el gobierno debe "hacer algo". Y ese algo es usar el monopolio de la fuerza a como dé lugar, sin importar si se violan los límites constitucionales.

 

Así las cosas, los periodistas le dieron una mezcla de poder a la que el mandatario no pudo resistirse. A cambio, los medios aplauden a los Fernández, a los Larreta y a todos los que tengan un cargo ejecutivo. Así llegamos a los modelos de cuarentena extremos que se convirtieron en dogmas políticos, en una forma de gobierno que le otorgó a distintos funcionarios un incremento exponencial de su imagen positivo. Pero ese férreo apego al confinamiento extremo tuvo una conexión lineal con el miedo desproporcionado de la población.

 

Fueron los medios de comunicación los que esparcieron ése terror aplicando su ejercicio natural de negatividad, como diría Pinker, y derivando en la presunta solución más fácil y rápida que tuvieron los mandatarios: confinamientos masivos. Sin embargo, nunca existió evidencia, ni práctica ni científica, para sustentar las medidas de encierro obligatorio.

 

Uruguay, país que ya no tiene casos de COVID-19, fue un caso ejemplo para conocer que encerrar a la gente a la fuerza no es necesario. Pero no es ni por asomo el único. Un informe del Instituto Carlos III de España desafía la idea de que el confinamiento protege a las personas. Los que hicieron cuarentena tuvieron una tasa de infección mayor que los que trabajan (6.3% vs 5.3%) y una mayor tasa de infección en mayores de 60 años (6.1% vs 4.8%). El trabajo también señala lo mismo en Nueva York donde el 91% de los casos recientes obedecían la orden de quedarse en casa. El 61% se infectó en casa y el 25% en hogares de ancianos.

 

Por otro lado, el centro de investigación de enfermedades del gobierno de Dinamarca remarcó lo que ocurrió en casi toda Europa: "Abrimos la economía y los casos no aumentan, no sabemos por qué. Estamos muy confundidos, las tasas de transmisión han disminuido drásticamente". Los ejemplos sobran acerca de que las cuarentenas estrictas sean beneficiosas no solo para la salud, sino para eliminar el coronavirus mismo. Pero el rol de los medios en estos tiempos no jugó muy a favor de la libertad humana, que es finalmente lo que terminó prosperando en los países que no entraron en el sesgo cognitivo del pánico.

 

 

*Eliseo Bottini Antunez es Periodista de la Universidad de Palermo. 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

1/10
Please reload

Please reload

Please reload

IG-spo-rep.jpg

republicaeconomica.com © 2017 Republica Economica