¡Exprópiese!

23 Jun 2020

De pronto el tirano se detuvo ante la vista que le devolvía el frente de la plaza:

- ¿Y este edificio?”, preguntó.
- Es un edificio que tiene comercio privado de joyería, le respondieron temblorosamente.
- ¡Exprópiese!, dijo entonces Hugo Rafael Chávez Frías ante las cámaras que viralizaron e inmortalizaron la escena y continuó como si tal cosa.

 

 

De todo lo que nos puede decir esta anécdota hay una que vale la pena desmenuzar:

 

Chávez no tenía ni remota idea de qué corno había en el lugar. Cero, nada. No tenía una investigación, no sabía si se producía algo de interés nacional, tampoco sabía si el Estado podría gestionar lo que fuera que se hiciera en el edificio, nada. Como un sumo sacerdote dado a la orgía extática del aplauso de sus súbditos, Chávez arrancó a sus legítimos dueños su propiedad, como se hiciera siglos atrás con el corazón o los intestinos de los elegidos para satisfacer a los dioses.

 

Quienes lo seguían (y eran muchos) vivaron esta muerte ritual de frenesí revolucionario y no dejaron por años de vivar las ofrendas extirpadas a las víctimas para éxtasis de los dioses del socialismo. Los dioses comunistas han de pagar mal los sacrificios a ellos ofrendados porque hoy Venezuela es un sumidero pútrido y condenado. Chávez en ese festín les estaba aniquilando el alma.

 
Modelo coreano

 

Tiempo antes, cuando en 1953 se establecía el precario armisticio que congelaba la Guerra de Corea, la parte sur de esta península era una zona agrícola con los niveles de pobreza de Honduras, o sea, paupérrimos. En cambio, la parte norte estaba bastante industrializada. El sur siguió el camino del respeto a la propiedad y hoy, medio siglo después, su nivel de riqueza es como el de los Países Bajos. Los del norte, los que fueron por la colectivización de la propiedad tienen la pobreza de Honduras que ha provocado la muerte de hambre de millones de personas.

 

Más ejemplos: con idéntica educación, los ingenieros alemanes que quedaron del lado del muro que respetaba la propiedad, fabricaban los autos Mercedes Benz, mientras que los que quedaron del lado comunista creaban los Trabant. Para manejar un Trabbi, como se los llamaba, los ciudadanos tenían que anotarse en una lista y esperar hasta 10 años. La forma en que los enemigos de la propiedad privada solucionaron el problema de la competencia entre los Mercedes Benz y los Trabant, ante la falta de productividad de los segundos, fue crear el muro de Berlín disparando a matar a quienes quisieran huir del “paraíso del proletariado”, donde no había propiedad privada y todo era de todos.

 

¿Qué pasa cuando se sacrifica en el altar romántico del socialismo la propiedad privada? Va una moraleja infantil:

 

¿Qué pasaría si nuestro dormitorio fuera público? Si, si, ese pedazo de construcción con 4 paredes en el cual uno puede dormir, comer, jugar con el celu o lo que se le venga en ganas. Un espacio donde cualquiera pudiera entrar, echarse en la cama, comer los que encontrase, llevarse el celular con su cargador o las zapatillas tiradas debajo de la cama. ¿Compraríamos un lugar así? ¿Pagaríamos el alquiler de un espacio al cual cualquiera pudiera entrar y disfrutar de lo que consiga adentro sin ningún problema? Lavaríamos la ropa de un placard del cual cualquiera pudiera servirse? ¿Guardaríamos nuestros ahorros en el cajón de un mueble que cualquiera se pudiera llevar?

 

Es más, si ese cuarto estuviera cuidado y limpio, mucha gente querría dormir ahí y no en otros cuartos sucios y destruidos. De esta forma, para volver a dormir en el cuarto (que antes fuera nuestro y que ya no lo es porque no hay propiedad privada), deberíamos hacer una fila muy larga y tal vez nunca llegaríamos a volver a usarlo. Ese lugar que todos quisieran usar pero nadie cuidar porque ¿para qué?, ese lugar es un lugar sin propiedad privada.

 

No se trata de una cuestión material. Sin propiedad privada no seríamos dueños del trabajo que nos dio limpiar el cuarto o lavar la remera. La expresión primaria de la propiedad es la de nuestro trabajo. La propiedad privada es el derecho que nos motiva crear, proteger, cuidar, valorar y disfrutar aquello a lo que le ponemos trabajo, amor o tiempo.

 

La vida de las sociedades no es la materialidad sino la gente y la gente no es nada sin derechos. La propiedad privada es el derecho que reafirma al individuo por encima del Estado.
Juan Bautista Alberdi decía que la propiedad tiene dos aspectos: uno jurídico y moral y otro económico y material.

 

“La riqueza, o bien sea la producción, tiene tres instrumentos que la dan a luz: el trabajo, el capital y la tierra. Arrebatad la propiedad, es decir, el derecho exclusivo que cada hombre tiene de usar y disponer ampliamente de su trabajo, de su capital y de sus tierras y con ello no hacéis más que arrebatar a la producción sus instrumentos, es decir, paralizarla en sus funciones fecundas, hacer imposible la riqueza. La propiedad es el móvil y estímulo de la producción, el aliciente del trabajo, y un término remuneratorio de los afanes de la industria. La propiedad no tiene valor ni atractivo, no es riqueza propiamente cuando no es inviolable por la ley y en el hecho”.

 
Un problema serio

 

Las palabras de Alberdi no han permeado en nuestra sociedad, lamentablemente. Ante un evento de avance del poder sobre la propiedad vemos que casi la mitad de los ciudadanos es indiferente o peor, apoya una expropiación. Hay un problema serio en nuestra manera de ver la sociedad. A ninguno de nosotros nos gusta que otro se apropie de nuestras cosas, ni siquiera el Estado, pero cuando se trata de la propiedad de los demás, se llega a apoyar que el poder del Estado quite a los demás para repartir en “beneficio a la sociedad”.

 

Conforme avanzaba su dictadura y la decadencia de su gente, Chávez siguió expropiando con frenesí y siempre las razones para cada expolio eran un sofisma inapelable. La salud, la cultura, la educación o cualquier cosa que pudiera dibujarse como ese “beneficio a la sociedad”. Por siglos, la propiedad se ha visto atacada por la demagogia y es costumbre de los políticos el querer confiscar los bienes y dinero de los ciudadanos para llevar a cabo sus planes políticos.

 

En Argentina la tendencia a atacar y confiscar la propiedad ha sido la norma. Quienes no confiscaron propiedades, abusaron de su capacidad para crear impuestos con la finalidad de hacerse de recursos para financiar los mecanismos con los cuales generar votos. Pensar que esa tendencia se acota sólo a Vicentín y sentir que esa probabilidad nos es lejana es una trampa. Puede que te guste la cara del que está ejerciendo el poder hoy, pero nunca se sabe quién ejercerá el poder mañana.

 

La decadencia intervencionista jamás defrauda y cuando las cosas empeoran (siempre empeoran), el Estado al que se le dió la potestad de avanzar contra la propiedad irá por todo. El 13 de marzo de 1968 Fidel Castro lanzó la “Ofensiva Revolucionaria”. De acuerdo con datos publicados por el periódico oficialista Granma se confiscaron 55.636 pequeños negocios, 11.878 comercios de víveres, 3.130 carnicerías, 3.198 bares, 8.101 establecimientos de comida, 6.653 lavanderías, 3.643 barberías, 1.188 reparadoras de calzado, 4.544 talleres de mecánica automotriz, 1.598 artesanías y 3.345 carpinterías.

 

¿Cómo demonios quitar las tijeras a un peluquero o el martillo a un zapatero, podría ayudar al socialismo? ¡No importaba ya, señores! El Estado era dueño y señor de la propiedad de los ciudadanos, de su trabajo y por ende de su vida. El resultado fue catastrófico y fue el producto de quienes abdicaron de la facultad de defender su propiedad privada y ya no supieron cómo hacerlo. Años de adoctrinamiento haciendo creer a la gente que la propiedad privada es un mal o un beneficio mal habido tiene esos frutos.

 

“La propiedad es un robo”, escribió Pierre Joseph Proudhon en 1840 y sus palabras se transformaron en dogma y un juicio moral de la izquierda. La discusión sobre las virtudes y defectos de la propiedad privada es muy antigua y ya Aristóteles afirmaba que cuando todo es de todos, nada es de nadie. En aquellos lugares donde ha reinado el grito de “Exprópiese”, el señalamiento de Aristóteles es absolutamente claro. ¿Por qué los países donde no se respeta la propiedad privada están destruidos? La libertad no existe sin propiedad privada y la propiedad privada deja de existir cuando es controlada por el Estado.

 

En Una teoría del socialismo y el capitalismo, Hans-Hermann Hoppe decía que en el socialismo a la propiedad se le desconocen los atributos de disposición, uso y goce. ¿Acaso no nos suenan familiares en este sentido las retenciones, el control de precios o la regulación de los alquileres? Hoppe alertaba sobre que la redistribución es la regla por la cual ningún propietario es libre de disponer del resultado de su esfuerzo hecho que produce un cambio en la estructura moral de la sociedad porque se favorecen roles no productivos, convirtiéndose la sociedad en cómplice al hacer a los ciudadanos recibir bienes o dinero por los que no han trabajado. Esa sociedad se convierte en cómplice de esta especie de robo, concluía.

 

Cuando no tenemos propiedad o no podemos libremente disponer de ella, cuando sólo podemos transitar un único camino lo que se está expropiando es el alma y, por si no se entiende con los ejemplos de Venezuela, Cuba o Corea del Norte, el retorno no existe o es casi imposible.

 

Si es verdad, como aseguran, que la propiedad es un robo,

el día que todo sea de todos, todos seremos ladrones”
                                                                                                                    Santiago Rusiñol

 

 

 

*Karina Mariani es Director del Club de los Viernes Argentina. Artículo publicado originalmente en La Prensa.

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

1/10
Please reload

Please reload

Please reload

IG-spo-rep.jpg

republicaeconomica.com © 2017 Republica Economica