Argentina sufre de astigmatismo económico

3 Jan 2020

La crisis en Argentina parece ser permanente. Ya es hora de darse cuenta de que es un problema estructural más que coyuntural. Los cimientos sobre los cuales se apoya la economía argentina están completamente quebrados. Pero no se trata solamente de corregir el déficit, bajar el gasto o arreglar el problema de la deuda. Dichas acciones provocarían lo mismo que la abstinencia en un adicto con sus respectivas recaídas. Por lo tanto, para sacar al país adelante lo primero que debemos hacer es tomar conciencia del inconveniente que tenemos. Está claro que el hambre y la pobreza afectan a gran parte de la población. El gran interrogante parece ser cómo erradicar dichos problemas que golpean a millones de familias.

 

 

Bajo el actual gobierno de Alberto Fernández, parece que la solución se encuentra en el maravilloso gesto de solidaridad. Hermosa acción que demuestra un alto nivel de empatía y compasión. Pero claro está que la solidaridad deja de llamarse así cuando es obligada y se trata precisamente de una expropiación de los bienes personales. Básicamente un disfraz de Robin Hood demagogo que se gana los aplausos sin resolver la dificultad central de la economía.

 

El gran desafío que tenemos es poder crecer. Tarea relativamente sencilla si vemos el resto de los países de la región, pero casi imposible si vemos los indicadores nacionales. El estancamiento lleva casi una década y la inflación, digna de podio mundial, pulveriza los sueldos, empobreciendo a los asalariados.

 

Para poder analizar las causas de la actual situación económica es preciso separar al sector privado del público. El primero es un motor generador de riqueza, bienes y servicios, mientras el segundo gasta ineficazmente lo que le quita al anterior, fruto de su trabajo.

 

Con el modelo propuesto por el actual gobierno no solo se está obligando a que el privado contribuya con mayor fracción de sus ganancias, sino que también ponen sobre la mesa el ridículo control de precios, achicando el mark-up y volviendo no rentables las inversiones en el país. Además, con las restricciones a la compra de divisas y las tasas de interés reales negativas, es prácticamente imposible poder ahorrar. Aquí se presenta otro problema intertemporal, dado que el ahorro de hoy es la inversión de mañana. Por lo tanto, no se generará empleo ni se mejorará la productividad. Aún más escalofriante es escuchar las declaraciones del presidente cuando afirma que se aplicarán medidas para evitar ganancias “innecesarias”. Sesgo autoritario, propio de un leviatán, que ordena hasta donde un individuo puede gozar de sus logros.

 

Lamentablemente este paquete de medidas, lejos de disminuir la pobreza y el hambre, agravarán aún más la situación. Es factible preguntarse cómo puede ser esto cierto, cuando los recursos extraídos en nombre de la solidaridad son destinados a los sectores más castigados de la sociedad. Ahora bien, aquellas transferencias pueden ser valiosas para quien la reciba y quizás hasta le brinde un alivio momentáneo. Pero lamentablemente no se está teniendo en cuenta los efectos que en el futuro salpicarán a la economía.

 

Está claro que un empresario provee bienes y servicios en busca de beneficios y lo logra aumentando el bienestar del consumidor al satisfacer una necesidad. Se crea así una institución de intercambio mutuamente beneficiosa, llamada mercado. Sin embargo, cuando el Estado, interviene dicha reciprocidad, disminuye el bienestar de ambas partes. El productor gana menos, el consumidor paga más, o ambas en simultáneo. En cualquiera de los casos se genera una pérdida de eficiencia. Con las medidas explicadas en los párrafos previos, se describe un escenario en el cual el sector privado tiene menos incentivos para producir. Más bien es castigado por hacerlo. Por ende, la cantidad de bienes en la economía serán menores, generando por qué no, un exceso de oferta (escasez).

 

La evidente falta de responsabilidad en la política argentina, para crear un proyecto de largo plazo, nos hunde cada vez más y no hay un argumento real para creer que estamos prontos a un resurgir. Un país que necesita crecer y fumiga a su sector privado, no tiene escapatoria. Pero detrás de la clase política está la voluntad popular que presiona y apuntala a un gobierno. En otras palabras, la calidad de los funcionarios es directamente proporcional a las exigencias del electorado.

 

Desgraciadamente, en un país donde hay más personas que reciben algún tipo de transferencia (subsidios o asignaciones), que personas en el sector privado, está claro que se va a optar por continuar con esta práctica anti-mercado. Es preferible castigar al que más tiene y quedar como un benefactor social ayudando al más necesitado antes que llevar a cabo reformas estructurales, que mejoren realmente la calidad de vida de la población, pero cuyos frutos tardarán años en verse y eso en la lucha por el poder no sirve. Este círculo vicioso, genera cada vez más personas dependientes del sector público y menos del sector privado. Las empresas no quieren invertir, no contratan gente, aumenta la pobreza y continuamos retrocediendo.  

 

El verdadero cambio se genera desde abajo. Cuando la opinión pública sea consciente que no necesita del Estado para progresar, sino que, desde las acciones individuales, persiguiendo nuestros deseos, obtenemos un mayor bienestar, entonces recién ahí seremos capaces de salir a flote. Hace falta algo nuevo, un proyecto con ideas que logren curar el astigmatismo que no nos permite ver a largo plazo, y crea la falsa ilusión de que el Estado es la solución.

 

 

*Lautaro Moschet. Economía (Di Tella). Fundación Libertad y Progreso. 

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