La rana hervida y el mito del renacimiento liberal

3 May 2019

La gracia de hervir a la rana es que no se dé cuenta, el deterioro ha de ser lento y progresivo para no provocar reacción. La tonta rana será capaz de aguantar cada vez más por muchos motivos como ser comodidad, paz mental, pérdida de músculo para la confrontación, miedo y por sobre todo desconocimiento acerca de su condición.

 

Cuando el deterioro forma parte de la costumbre, cuando el deterioro es el ecosistema en el que se respira cuando el deterioro desdibuja a la historia, a la información, a la educación y a la cultura; la pobre rana pensará que lo normal es el deterioro.

 

Sin embargo, y como ya pasó en otras oportunidades, la gobernanza colectivista hace agua y la rana está reaccionando. El Estado Presente se pone en duda por su propia inviabilidad y la rana solita se aviva de que las burbujas en la olla son una reverenda porquería. El idilio entre la ranita y la confortable tibieza de su prisión se quiebran y es posible que nuestra amiga comience a mirar su hábitat como lo que realmente es: su yugo.

 

El gradualismo progresista no ha proporcionado al conjunto las políticas sociales la eficiencia del bienestar prometido. La justificación del fracaso siempre será una coyuntura adversa que lo obligue, no a rever dichas políticas, sino a disminuir libertades económicas. La rana, a fin de cuentas, no suele apropiarse de la calle para manifestarse.

 

Las otras faunas que viven a costa del Estado sí salen a la calle y eventualmente rompen todo. El consenso socialdemócrata sólo percibe la variable más violenta del descontento y por eso raramente haya percibido el quiebre del humor de la rana hervida. El aumento de la presión y el deterioro económico dejan al descubierto la voracidad dispuesta a cualquier cosa con tal de tener más dinero para gastar en las próximas elecciones.

 

Lo que motiva algunos estertores de demanda de ideas liberales es frecuentemente esta voracidad economicista. La motivación no es mayormente la filosofía liberal sino una saturación del Estado Presente y su baja eficiencia en términos de la calidad de vida. El liberalismo tiene que ser capaz de escribir, para estas ocasiones, una narración profunda, una épica que emocione a la sociedad, una opción política para la rana encerrada en la olla. Una propuesta que seduzca con la visión de una sociedad liberal, que no deje a la rana enojada y frustrada.

 

Este fin del espejismo poco o nada tiene que ver con el resurgir de los principios liberales. Se explica más bien porque la experiencia socialdemócrata agota su ciclo y el Estado demuestra que no puede resolver todo con sólo crecer de manera ilimitada. Ahora su tamaño, su intromisión y costo no dan bienestar y el reclamo de la rana no es salir de la olla sino que le bajen un poco la temperatura. Es triste pero hay que entenderlo para no volver al tilde de monstruo neoliberal que sólo explica la economía y no le da a la ranita una epopeya, un relato, una emoción.

 

Hasta los más rancios representantes de la izquierda prosoviética son capaces, hoy, de criticar la presión fiscal argentina, los estragos de la inflación y de propiciar a la vez un Estado elefantiásico mientras marchan en favor del comerciante y las Pymes.

 

Lo que urge poner de moda es la maquinaria original de los valores del mérito, la riqueza, la belleza y las ideas más sensatas como la responsabilidad individual. El engranaje educativo liberal que fue nuestra joya y donde deberían formarse los futuros argentinos, lejos de admirar a nuestros héroes, hoy enseña a sus alumnos que Roca fue un asesino y Sarmiento un tirano.

 

Para cuando nuestra socialdemocracia se ha vuelto ya un mal chiste contrario a toda lógica física y matemática, se enquistaron como un gigantesco hojaldre en amplias capas de la sociedad un séquito de tribalismos. Y cada tribu reclama por la supremacía de las políticas de su propia y victimizada identidad, generado infinidad de conflictos de interés que ha convertido a millones de personas en enemigos irreconciliables.

 

Así cada rana por su lado, hirviéndose egocéntrica, entiende a nuestra democracia como un  sistema utilitarista y clientelar, en el que ella y su tribu pugnan por la parte de la olla que garantice su supervivencia y donde el fin justifica los medios. El fenómeno de las castas enquistadas en el crecimiento del Estado, siempre dispuestas a conservar e incrementar su poder, combinado con ranas renuentes a asumir responsabilidades, debería ser el punto de inflexión de nuestra épica: los valores y la ética no se pueden transferir de la sociedad al Estado.

 

Y aquí está el desafío de una propuesta política liberal: apelar a las aspiraciones y al deseo de la rana o seguir haciendo política con su miedo y sus miserias? El camino largo pero seguro es tomar a la demanda economicista solamente como un mero principio, la tarea de la voz liberal es exponer la progresiva liquidación del espacio privado. El Estado no puede ser legitimado en sus interferencias PORQUE más temprano que tarde tendrá el poder de regular las relaciones sociales legitimando abusos de poder, inseguridad jurídica, desigualdad ante la ley y privilegios.

 

La reacción de la rana comenzó. A esa reacción antisistema se impone un proceso de seducción del ideario liberal que choque con los intereses ligados al modelo político donde prevalece la dependencia y la mafia. Si la rana descubre la estafa y tal vez hasta logre saltar de su prisión, la propuesta liberal debe ser la deconstrucción de la religión de Estado, ¡demos a la rana una razón para no volverse a la olla!. Porque al Estado Presente, esa olla que promete la salvación y exime de responsabilidades, lo único que le importa es permanecer, al precio que sea…cualquier acción que sea beneficiosa para la rana será demonizada. El Estado Presente siempre tiene un plan.

 

*Karina Mariani es Licenciada en Comunicación, escritora y ensayista. Fundadora de Republicanos. @KarinaLMariani 

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