Tomate el palo Cambiemos, los argentinos queremos crecer

26 Mar 2019

Debería ser el himno de todos los argentinos en estas elecciones: “Tomate el palo Cambiemos, Peronismo, Kirchnerismo y cualquier tipo de populismo”. Todos aquellos partidos políticos que lo único que lograron durante décadas es crearles falsas ilusiones a los votantes esperanzados de poder vivir en una Argentina mejor. No son más que unos políticos desesperados, prometiendo cambios y que una vez llegados al poder sufren de amnesia.

 

¿Y en el medio qué? Familias destrozadas, una deuda impagable, una inflación récord y una economía en completa recesión. Eso es lo que consigue un gobierno populista: una Argentina más empobrecida y más subdesarrollada. Pareciera que siempre estuviéramos destinados a fracasar, sin embargo, la historia no siempre fue la misma. Hubo un tiempo no tan lejano en el cual había mucha luz en el camino.

 

Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX la Argentina se perfilaba entre los países más ricos del mundo, con un PBI per cápita que superó durante dos años (1895-1896) al de Australia y salarios industriales que competían con los de Estados Unidos y Gran Bretaña. Se observaba un crecimiento económico que se sostenía con la incorporación tanto de factores de producción como del aumento de la productividad de éstos. La expansión de la red ferroviaria permitía la conexión de zonas de producción agropecuaria y, de ese modo, la ampliación del comercio tanto interno como externo. Dicho crecimiento se dio gracias a la reducción de los costos de transporte que permitió al país intentar construir un mercado interno y a abrirse al resto del mundo. Sin embargo, existía un factor principal que  fue determinante para apuntalar el progreso: las instituciones. La consolidación de las instituciones garantizó el derecho a la propiedad privada y la remuneración de los factores de producción.

 

Fue la Constitución de 1862 la que estableció un Pacto Fiscal entre Nación y provincias que consolidaba las instituciones fiscales, asegurando derechos de propiedad. A pesar de que no se desarrollaron las instituciones monetarias necesarias, que permitieran cierta estabilidad de la moneda, nuestro país experimentó un fuerte crecimiento económico. Durante más de treinta años nuestro país creció a una tasa del 6-8%. Mientras que en este período los ingresos provenientes del fisco eran los más bajos de la historia de nuestro país ya que los impuestos se reducían a los del consumo. Este crecimiento provenía tanto del sector agrícola como del sector industrial que terminaron por impulsar el resto de la economía. Estos dos motorizados por las inversiones que llegaban a nuestro país atraídas por las perspectivas de sólidas instituciones, baja presión fiscal y abundantes recursos naturales. Por otra parte, no fue hasta después de la expansión de la actividad económica que el sector de comercio empezó a tomar impulso en el país.

 

El PBI real per cápita creció entre un 6,5-7% anual, mientras Australia y Estados Unidos lo hacían entre un 3,5-4% anual. Es decir, el ritmo de crecimiento de nuestro país era el más alto del mundo. Y eso sucedía bajo un contexto donde la intervención estatal era casi nula, sobre todo en materia de comercio y movilidad de factores. Asimismo, con el aumento de la productividad, los salarios presentaban una senda importante de crecimiento hasta tal punto de competir con los países del primer mundo.

 

¿Qué sucedió desde esa época hasta ahora? Una serie de gobiernos populistas que priorizaron el crecimiento de los intereses políticos sobre los económicos. Las instituciones a lo largo de estos años se han corroído hasta convertirse en un recuerdo de buenas épocas pasadas. Más que demostrado queda la importancia de los derechos de propiedad en el aumento de las inversiones y las innovaciones que permiten que tanto los inversionistas como los innovadores disfruten de los resultados de sus esfuerzos. También juega un rol fundamental los contratos. Cuando los contratos son incompletos, los intentos de hacer valer los derechos de propiedad privada pueden debilitar los mecanismos de cooperación previa entre los diferentes individuos que se encuentren involucrados. Es el caso de algunos países del este asiático que lograron crear un entorno contractual previsible y duraderos para que las empresas privadas prosperaran.

 

Hoy en día la Argentina no tiene ni instituciones ni contratos completos. Es imposible que bajo este contexto nuestro país y con él todos los argentinos puedan crecer. Lo que nos ha enseñado la historia es que, Ceteris Paribus, el populismo y el progreso no van de la mano.

 

*Natalia Motyl es economista y analista de la Fundación Libertad y Progreso. 

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