Un problema ético y económico devenido en una cuestión cultural

19 Mar 2019

En los últimos meses un usual reclamo de los liberales argentinos empezó a tomar connotación en el resto de la sociedad. Que se bajen los impuestos.

 

Para entender la magnitud del problema no hace falta más que mirar los datos. En Nueva Zelanda se pagan alrededor de 11 impuestos, en los Estados Unidos 35 y en la Argentina 160 impuestos entre los nacionales, provinciales y municipales. Cada impuesto es un trámite, cada trámite es más burocracia y más burocracia significa menos libertad individual. Esto genera un problema económico ya que las posibles inversiones en el país se espantan ante tan alta presión impositiva, complica a más no poder el buen manejo de las pymes (porque además de ofrecer sus bienes y servicios deben estar a las corridas para pagar vencimientos impositivos durante todo el mes) y obliga al contribuyente a darle más de la mitad de lo que produce durante el año al Estado.

 

Cuanto menos y más simples sean los impuestos, más se ahorra el contribuyente y el propio Estado en las administraciones del cobro y pago de impuestos como la AFIP o las direcciones de rentas provinciales y municipales, ya que su utilidad sería casi nula. Entonces, como se explicó antes, cualquier negocio en Argentina es pura burocracia gracias a la cantidad de regulaciones que se le imponen a aquellas personas que buscan brindar bienes y servicios. Y bien sabemos que no son las economías más proteccionistas y cerradas las que llevan a los países a ser más productivos y generar mejor calidad de vida, sino que son las más abiertas al comercio con el mundo las que llegan a dichos resultados.

 

Hay otro problema aún más importante y es ético. Las personas se relacionan través de transacciones voluntarias, es decir, negocios donde hay acuerdos entre las dos partes; y los impuestos,  no tienen nada de voluntario, vienen a través de la imposición estatal. Como bien suelen decir varios economistas en sus intervenciones públicas, en la Argentina se cobran impuestos para pagarle la fiesta que se hacen los políticos, porque si en el fondo, esos impuestos estuviesen bien destinados a la educación, salud, justicia, seguridad y defensa, el problema sería mucho menor, pero no es así. De ahí sale principalmente el reclamo para que se bajen los impuestos y el gasto público a lo mínimo indispensable. No existe justificación alguna para estar pagándole el sueldo a gente que además de gastarlo en cualquier cosa, es improductiva.

 

Aclarado el error que cometen los políticos con nuestro dinero hay que hacer un mea culpa como sociedad. Tenemos un problema cultural. Hace casi un siglo que el argentino ante cada error cometido o falla de la sociedad, le pide al Estado que lo solucione en vez de encargarse por sí mismos. Desde alrededor del segundo gobierno de Hipolito Yrigoyen que el argentino comenzo a abogar por un Estado presente, desentendiéndose de lo trasmitido por las propias clases políticas de los años anteriores, cuyo interés era el de entrometerse lo menos posible en la vida de los ciudadanos, haciendo que el Estado solo les brinde los servicios básicos ¿Cuáles fueron las consecuencias? Como dijo alguna vez Álvaro Alsogaray, terminamos teniendo un Estado elefantiásico que trató y trata de sostenerse a pesar de las diversas crisis a través de la emisión monetaria, toma de deuda y los impuestos. Osea que esos problemas que le pedimos solucionar al famoso Estado de Bienestar o los soluciona mal o no los soluciona y despilfarra nuestro dinero en el intento.

 

Entonces, los argentinos debemos avivarnos en esta cuestión: empezar a reclamar por una vida más libre, con la menor intromisión estatal posible y que los servicios públicos indispensables sean garantizados con la mayor eficiencia posible.

 

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