Si, la empatía es buena y nos protege de los populistas

3 Jan 2019

Se dice que todo tiene una razón de ser. El padre de la economía, Adam Smith, planteaba que el hombre por naturaleza es egoísta y que  este únicamente persigue su interés personal. Primariamente esto no es completamente cierto. El propio Adam Smith aclaraba que el ser egoísta se gestaba en las esferas sociales más grandes mientras que en las más pequeñas primaba lo que llamaba “empatía”. A medida que el grupo de personas se ampliaba y las interrelaciones personales se volvían cada vez más complejas, bajo un entramado cada vez mayor de individuos que diferían en reacciones y aspiraciones, el ser social tendía a volverse egoísta. Justamente, el egoísmo es un proceso. Nadie nace egoísta por el simple hecho de que ya en el vientre de la madre, independientemente de cómo sea su posterior crianza, el individuo experimenta empatía con su progenitora. Existen muchos estudios en los que se demuestra que el bebé puede sentir lo que la mamá experimenta afuera y eso inevitablemente transforma al bebé en un ser empático. El egoísmo comienza a gestarse mucho tiempo después del nacimiento del bebé. Por lo tanto, uno no nace siendo egoísta sino que el individuo en su interacción con el exterior se vuelve egoísta. Pero es la empatía la que prima por orden de aterrizaje.

 

 

En economía trabajamos con modelos basados en millones de supuestos sobre circunstancias, condiciones y comportamientos individuales. Pocas veces nos detenemos a analizar si las tuercas se condicen con la realidad del día a día o no y eso muchas veces puede jugarnos en contra. Por ejemplo, uno de los supuestos más usado en economía es que los individuos son Homo Economicus, es decir, son individuos racionales que persiguen su interés personal. El escollo se hace presente cuando los individuos se dan cuenta de que su comportamiento no sigue los cánones pautados por la teoría ya que algún grado de altruismo siempre queda por más egoísta sea el sujeto en consideración. El hombre es un ser bastante peculiar ya que es capaz de cimentar una armadura interna que le permita desarrollar una actitud egoísta frente al resto, sin embargo, dicha armadura no es completamente impenetrable.

 

Como el individuo en algún momento de su vida experimentó la empatía puede volver a sentirla. Es de obviedad observar como aquellas figuras que suelen comportarse la mayor parte del tiempo de forma egoísta se vuelven fácilmente manipulables. ¿Por qué sucede esto? Porque el individuo que menos experimenta de una sensación más anhela obtenerla. Con solo mostrar cierta vulnerabilidad o afecto el individuo egoísta se vuelve empático ante el estímulo. Funciona perfectamente en la manipulación de masas: el líder, que por lo general posee ciertas características carismáticas, apela a la parte empática de la persona e intenta conectar con cientos de individuos que hasta el momento eran egoístas.

 

Siempre se produce de la misma forma: primero el líder apela a una virtud propia que el individuo en cuestión deberá identificar directamente con la figura del líder, luego el líder deberá crear cierto vínculo empático que en general puede ser de interés común, solidarización, etc, cuestiones que hasta el momento no fueron muy experimentadas diariamente por el ser egoísta y que le dispare cierto afecto y por último el líder deberá mostrar cierta vulnerabilidad –en algún momento- para que el ser egoísta finalmente conecte empáticamente con el otro. En todo ese proceso de manipulación el individuo egoísta no se da cuenta de que es manipulado porque es tan egoísta que no sabe diferenciar entre un proceso empático genuino del que no lo es.

 

Los individuos que desarrollan una personalidad completamente egoísta son los más ingenuos y vulnerables ya que confían ciegamente en el líder que le emanó empatía. No pueden ser racionales y les es imposible serlo ya que todo el tiempo necesitan absorber el goce de sentir cierta conexión con el líder, es decir, el afecto que el líder definitivamente no siente. Es por ello que cuando se le pide a un grupo que actúe de forma más objetiva ante el líder no pueden y, por el contrario, son las personas más empáticas las que pueden discernir la manipulación porque no sienten necesidad de afecto. Es así como el populismo y las ideas populistas se propagan fácilmente sin poder extirparlas rápidamente. El ser humano por naturaleza no actúa de manera racional sino que se deja llevar por sus sentimientos. A su vez, el líder siente poder. Sabe que puede manipular al individuo a su antojo y eso le genera placer.

 

El problema es que ambas partes actúan por instinto de supervivencia y sus acciones no tienen una lógica rectora. Cuando el líder se cansa simplemente desecha al individuo y el juego se termina. Sólo ahí el individuo se da cuenta de que ha sido una pieza más del juego de ajedrez. La única forma de terminar con el populismo es que los individuos entiendan que no son por naturaleza egoístas y que la empatía es buena en tanto y en cuanto los grupos sean pequeños ya que uno no vive aislado del resto sino en sociedad. Una empatía sana permite que las masas no puedan ser manipuladas fácilmente.

 

*Natalia Motyl es economista y analista de la Fundación Libertad y Progreso. 

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