El desgarrador relato de un nicaragüense en el exilio

Cuando el cinéfilo recuerda el documental “El trovador siempre vuelve” que relata el exilio de Roque Narvaja, cualquiera puede ver la oportunidad de refundarse el día que nos vemos forzado a dejar la patria en que nacimos. Los argentinos están familiarizados con lo que significa el exilio. “Desahuciado está –dice Mercedes Sosa- él que tiene que marcharse a vivir una cultura diferente”.

 

¿Cuántos deben pagar o huir de la fatalidad del socialismo en América Latina? El éxodo social es una de las consecuencias más fatales de una ideología fallida. Basta con saber los cientos de miles de cubanos que llevan más de medio siglo huyendo del régimen de los Castros, echar una mirada a los miles y miles de

venezolanos que se ven obligados a dejar su país por la insostenible situación. También Nicaragua experimenta –por segunda vez bajo y en nombre de la misma ideología- un éxodo migratorio de más de treinta mil nicaragüenses.

 

El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) reporta esa estadística de migración forzada de los nicaragüenses. Pero el nicaragüense de hoy tiene que huir por la represión gubernamental, el desempleo, la muerte y la  prisión. Hoy me encuentro contado entre los exiliados. Soy uno más de la diáspora nicaragüense, situado en la plaza pública que hoy exige la renuncia de Ortega-Murillo para poder volver a Nicaragua y hacer la legítima refundación de la república.

 

Muchos fueron los que tuvieron que huir de la guerra en la década de los ochentas durante la Revolución Sandinista. Ortega ha vuelto a causar ese calvario social. Ha seguido el modelo de forzar la migración como lo provocan los regímenes que lanzan su ofensiva contra quienes exigen libertad y justicia. Cada ciudadano que se ve forzado a salir de su país por culpa de un gobierno, es una esperanza del presente que se desvanece y una oportunidad de construir una sociedad libre que respete al individuo.

 

Para Ortega o Maduro no puede existir culpa en ellos, toda su equivocación recae en la injerencia de otros gobierno en los asuntos internos de sus dictaduras. Regímenes que se amparan bajo el principio de auto determinación de los pueblos para violentar los derechos humanos de su mismo pueblo. Es un empeño permanente por violentar las más elementales libertades del individuo.

 

Trastocar la dignidad humana y utilizar al pobre para enriquecerse ilícitamente con el dinero de los contribuyentes.  

 

Si tuve que salir de Nicaragua fue para salvar mi vida y mi libertad. Lanzarme hacia lo desconocido y con la dificultad de burlar los retenes del Ejército de Nicaragua. La dictadura pretendía callarme con la cárcel. Somos miles y miles los que huyen por las constantes amenazas de prisión y muerte. Venimos en busca de una nueva oportunidad que se nos niega por un gobierno que desea, cree y afirma, pero no es cierto, sostenerse hasta 2021 sobre una montaña de cadáveres, presos políticos, desaparecidos y torturados. Para Ortega no hay otro camino para seguir en el poder que la impunidad a sus crímenes de lesa humanidad.

 

La falta de voluntad de los gobiernos de Nicaragua y Venezuela para encontrar una salida a sus crisis sociopolíticas, obligará a seguir contando el número de migrantes. Es una irresponsabilidad política la de aumentar el calvario social para que otros contribuyentes de otros estados, paguen el precio de la migración forzada. Debe haber una respuesta política que no sea sino la renuncia de los dictadores. No hay otra salida: Maduro y Ortega deben salir del poder.

 

Nicaragua es una “República literaria” y ello ha sido aliciente para retratar los rostros del sufrimiento de nuestro país. El narrador y músico Roberto Carlos Pérez Alvarado, en su libro de cuento Alrededor de la media noche y otros relatos de vértigo en la historia, narra en su cuento La visita del abuelo su experiencia del exilio durante la Revolución Sandinista: “Nos vamos hoy mismo,... -le dijo su padre- tus hermanos corren peligro y tú, dentro de poco, también. Sobrevivimos a un éxodo –dice el autor- en que muchos quedaron en el camino, pero al igual que otros, alcanzamos suelo seguro”. También tuve que salir de Nicaragua porque corría peligro, como los miles y miles que hoy nos sentimos apátridas.

 

Y, cuando el socialismo fracasa por su sola naturaleza, surgen las voces que dicen que allí, en esos países, no se ha practicado un verdadero socialismo. Pero, pregunto: ¿Si la vida y la libertad están en riesgos bajos esos gobiernos, cómo sería, pues, el verdadero socialismo? ¡No lo imagino! Entonces es cuando no existe ningún argumento racional que sostenga que el socialismo debe ser puesto en práctica. Es la ruina de una sociedad.

 

Rubén Darío –quien también vivió en Argentina y huyó de España tras el horror de la Primera Guerra Mundial- inmortalizó lo que cualquier exiliado, y es mi caso, anhela cada día del exilio: “El retorno a la tierra natal ha sido bien sentimental, y tan mental, y tan divino”. Hay un potencial en la diáspora que día a día lucha para sacar al dictador y la élite criminal que está en el gobierno.

 

Estamos diciendo un adiós a lo mejor de Nicaragua. La esperanza de volver parece lejana cuando todos los días no cesan con la criminalización de la protesta. Ortega-Murillo violan a sus anchas los derechos políticos de la población que exige su salida inmediata.

 

¿Creen Ortega-Murillo que serán eternos? En Nicaragua los dictadores se van porque se van.

 

 

Manuel Alejandro Sandoval Cruz es nicaragüense en el exilio.

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