Intolerancia a la barbarie

4 Dec 2017

Durante los siglos XVII y XVIII tuvo lugar en el mundo una serie de movimientos que cambiarían para siempre lo que estaba por venir. Primero en Inglaterra y después en la Europa continental, algunos teóricos comenzaron a dar forma a las bases de lo que sería una corriente de pensamiento esencial para comprender nuestras sociedades presentes.

 

Locke, Hobbes, Montesquieu, Rousseau, Kant. Todos ellos sembrarían en mayor o menor medida el terreno para el desarrollo del liberalismo clásico. Tiempo después vendrían otros autores clásicos, como Bentham, Mill o Pareto, entre otros, de los que diversas corrientes mamarían.

 

 

 

Cuando uno busca información concisa sobre los autores liberales clásicos, suele encontrar que la mayoría –aunque no todos- defendían un enfoque individual frente al ejercicio del poder incontrolado por parte del Estado.

 

Defendían también una división entre las distintas facetas de la vida, que permitiera a las personas vivir en libertad de acuerdo con su religión o su concepción moral de la existencia humana. Las guerras de religión habían destrozado Europa, lo cual explica la importancia de relacionarse con los otros en paz, esto es, de tolerarse unos a otros.

 

Y gran parte de esa tolerancia, más allá de una esfera en la que ejercer la absoluta libertad, requería de otra idea tan poderosa como la anterior: que todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley.

 

Quién no conoce la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Pero, quizá, no sea tan conocida otra obra también fundamental que cambiaría el devenir de la mitad de la población europea primero, y de gran parte del resto del mundo después: la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, de Olympe de Gouges, de 1791.

 

A finales del siglo XVIII, demostrar que la mujer era un ser pensante era tan difícil como había sido para muchos religiosos españoles demostrar que los nativos americanos también lo eran, eso sí, varios siglos antes.

 

Y en esa pequeña aclaración, que de pequeña tenía poco, el papel de un personaje olvidado por la historia fue también esencial: Poulain de la Barre. Discípulo este de Descartes, que tanto se ocupó del alma de los brutos, véase, de la cuestión sobre si los animales tienen o no tienen alma ergo pensamiento, Poulain de la Barre desarrolló el trabajo de su maestro en un pequeño aspecto de resonancias no ligeras: así como los hombres tenían razón y los animales no, la mujer caía del grupo de los primeros, y no de los segundos.

 

Fue necesario establecer que la mujer tenía capacidad de razonar para sentar las bases de la obra de Olympe de Gouges y tantas otras teóricas que vendrían detrás: la revolucionaria idea de que la mujer es ser pensante.

 

Olvidada en el primer documento en que se establecía la igualdad jurídica entre los hombres, a partir de entonces la realidad no podía ser ya más ignorada. Hombres y mujeres somos iguales.

 

No es casual, querido lector, que esto sea así. La historia del pensamiento occidental, que luego se extendió por regiones que ostentan ciertamente una identidad propia distinta de la mera asimilación a lo occidental, como es el caso de Argentina, es una historia de algunos de los mayores errores, y de unos de los mayores aciertos.

 

La igualdad entre hombres y mujeres, mal que le pese a los dirigentes de otras sociedades que se desarrollan ahora mismo en otros lugares del planeta, es patrimonio de esa idea revolucionaria de que todas las personas somos iguales en dignidad, y que todas las personas tenemos los mismos derechos.

 

Habrá más de un nostálgico de otro tiempo al que le pese especialmente que una mujer sea igual a él en valor. También lo habrá que crea despreciable que el mestizo tenga la misma voz y el mismo voto. Parece mentira, y ojalá lo fuera, pero es cierto que, en algún entorno, si uno afina bien el oído al disparate, todavía hoy se oyen esas voces.

 

Guárdense de conceder prebendas y dádivas de ningún tipo a quienes quieren aniquilar los valores de libertad e igualdad. Han tardado más de trescientos años en asentarse y aún es así débilmente en ciertos lugares, si es que hacen mero acto de presencia. Más de la mitad de las mujeres del planeta no pueden actuar de forma autónoma porque las leyes de los países en los que nacieron por mera casualidad, no las conciben como ciudadanas.

 

Guárdense de aceptar como válido todo valor contrario a la libertad y la igualdad ante la ley, guárdense de no condenar al que defiende esta barbarie, porque hoy más de la mitad del planeta contempla en sus leyes que la mujer es un ser necesitado de tutela, incapaz de gobernarse a sí misma.

 

Guárdense de creer que la tolerancia significa silencio frente a la injusticia y la barbarie.

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