Sobre la brecha salarial

21 Nov 2017

La diferencia de salario medio entre hombres y mujeres es lo que se conoce como brecha salarial o desigualdad salarial. Es decir, para calcularla se necesita saber cuánto cobran todos los hombres y todas las mujeres de todos los sectores, por separado, y realizar una comparación entre una cifra y la otra.

 

A menudo se suele utilizar como sinónima la expresión “discriminación salarial”, que sin embargo se refiere al cobro de un salario distinto en función de una característica concreta: sexo, raza, localización geográfica…

 

 

Un ejemplo de discriminación salarial se da, por ejemplo, trabajadores públicos que realicen el mismo trabajo pero que lo realicen en territorios distintos, como podría ser el caso de los trabajadores de los juzgados de Santiago de Compostela, en España, que cobran en torno a la mitad que otros trabajadores de los mismos puestos en otras autonomías.

 

Así, cuando hablamos de discriminación salarial entre hombres y mujeres, hablamos de que, exactamente por el mismo trabajo con la misma responsabilidad y antigüedad y el mismo desempeño, lo que cobra un hombre es distinto –generalmente más- de lo que cobra una mujer.

 

Sin embargo, cuando se habla de brecha salarial –en inglés, wage gap-, uno se refiere al hueco que hay entre la cifra media que cobran todos los hombres de una sociedad, y la cifra media que cobran todas las mujeres de la misma sociedad.

En Argentina, en 2017 la brecha salarial se sitúa aproximadamente en el 27%, mientras que en España se sitúa en torno al 20%. Las cifras pueden variar en función de la metodología empleada, pero a grandes rasgos parecen indicar que las mujeres cobran, de media, un cuarto o un quinto menos que los hombres en estos dos países.

 

Es evidente que en las agendas políticas actuales este titular abre la puerta del escándalo: es intolerable que una mujer cobre menos que un hombre. Pero dicho de esta manera parecería  que nos estamos refiriendo a discriminación salarial, y no es el caso.

Cuando se segregan los datos por sectores, se revelan cosas bastante interesantes. Así, en

general, las mujeres tienden a elegir sectores para trabajar que están menos considerados

por la sociedad, por lo que presentan salarios más bajos.

La maestría, la psicología, el cuidado y los servicios sociales siguen siendo sectores con

salarios medios más bajos que la ingeniería o la medicina, si comparamos el mismo número de horas trabajadas.

De esta manera, la discusión que se abre es doble e interrelacionada: primero, convendría analizar por qué las mujeres presentan esa tendencia a elegir trabajos que están peor remunerados, y también convendría comprobar por qué los trabajos desempeñados tradicionalmente por mujeres son considerados menos dignos de salarios altos por la sociedad.

Entre liberales, la cuestión de la libre elección respecto de la ocupación futura suele emplearse como justificación para no intervenir de ninguna manera en la existencia de la brecha salarial. Y con no intervenir se incluye el nivel estatal, pero, además, también el privado.

 

Para muchos, que las mujeres elijan este tipo de empleos es algo que no reviste mayor gravedad ni atañe a nadie más. Pero el liberal ha de aceptar que, a pesar de la pluralidad de opciones y planes de vida, la sociedad puede beneficiarse de unas tendencias concretas -y de hecho, lo hace- como puede ver su progreso ralentizado debido a otras tendencias.

 

Si un niño con talento y vocación para el baile crece rodeado de mensajes incesantes que reclaman el baile como cosa de mujeres, con menor probabilidad se atreverá a practicarlo en comparación con una infancia que no haya estado marcada por estos mensajes.

Cuando una mujer con talento y vocación para la medicina crece oyendo por doquier que ese tipo de perfil, si se es mujer, debe estar abocado a la enfermería y no a la medicina, entonces quizá se enfrente a lo socialmente aceptable, pero es probable que no lo haga, si no se atreve siquiera a imaginarlo.

Aquel bailarín consagrado en potencia ya no lo será y aquella médico fantástica optará por un sector distinto de aquel al que originalmente aspiraba. Pudiera ser, es cierto, que uno encontrara un plan de vida satisfactorio incluso a pesar de los condicionantes previos, pero no nacería de la mejor elección posible sino de la menos negativa del resto de alternativas.

Los habrá, regocijándose, que digan que la enfermería es mejor opción para ella dado el instinto cuidador de las mujeres, cayendo de esta manera irremediablemente en un reduccionismo biológico, pero cualquiera que crea en el desarrollo del talento ha de ser consciente que las pautas sociales y culturales predisponen nuestras elecciones y preferencias.

 

Cierto es, no obstante, que, en general, hay algunas cualidades que parecen estar más presentes en los individuos de un sexo que en los individuos de otro, pero no se trata de  conductas que la cultura no pueda limitar, y, desde luego, en muchas sociedades, lo ha hecho.

A día de hoy, la agresividad masculina sigue siendo una característica valorada en según qué sectores, como ocurre también con la empatía femenina. Esto no significa, evidentemente, que todos los varones sean agresivos, ni todas las mujeres empáticas.

 

Quizá, antes que clamar al cielo porque yo voy a cobrar un cuarto o un quinto menos que compañeros varones, antes de lamentar que a partir del x día de noviembre una trabajará “gratis” respecto de lo que trabajará un varón, sea momento de sacar al debate público cómo la conformación de las aspiraciones está condicionada por la sociedad, y cómo las sociedades pierden talento porque “esa carrera es de hombres” y “¡cómo vas a querer ser enfermero!”.

Se puede –y a mi parecer, se debe- reclamar mejoría social incluso si se es un escéptico del ejercicio estatal: no solamente los Estados tienen capacidad para influir en la sociedad. Todas las demás organizaciones, también si se contemplan meramente desde una perspectiva agregada, generan tejido social en base a unas pautas comunes.

Esta es la forma en que se va dando lugar a la realidad social día tras día: con el poder de las políticas y el respaldo institucional de ciertos patrones, sí, pero también con la iniciativa individual, asociada o no.

La pedagogía, la razón y la generación de opinión son herramientas sumamente legítimas

para influir en sociedad. Usémoslas, y dejemos de alimentar el titular: un hombre siempre, siempre, cobra más.

 

Noemí Carro: Española. Filósofa experta en comunicación política y Máster en Responsabilidad Social Empresarial. 

 

 

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