OPINIÓN

El socialismo es la Gran Mentira. Prometiendo prosperidad, igualdad y seguridad, sólo ha producido pobreza, miseria y tiranía. Ha conseguido igualdad, pero sólo haciéndonos a todos iguales en la miseria. Así como una pirámide de cartas puede comenzar bien al principio pro al final siempre colapsa, sus logros se marchitan tan pronto aparecen las deficiencias fundamentales del sistema de planeación central. Es ése ilusorio éxito inicial lo que vuelve atractiva la intervención de los gobiernos, pero a la larga el socialismo ha sido siempre la fórmula para la tiranía, la miseria y el robo descarado de políticos corruptos.

De igual modo, el colectivismo es insostenible y violento a largo plazo porque es una teoría errónea. El socialismo no funciona porque es incompatible con los principios fundamentales de la conducta humana. Su fracaso en todo el mundo se debe a un defecto fundamental: es un sistema que ignora los incentivos.  

En una economía capitalista, los incentivos son de máxima importancia. Los precios de mercado, las ganancias y pérdidas, y la propiedad privada proveen un eficaz sistema de incentivos que guían la conducta económica. ¡El capitalismo es la teoría de que los incentivos sí importan! 

Bajo el socialismo violento, los incentivos son totalmente ignorados. Una economía con planificación central, sin precios de mercado ni ganancias, y donde la propiedad pertenece al estado, es un sistema al que le falta ese eficaz mecanismo de incentivos que dirijan la actividad económica. Al no dar importancia a los incentivos y al merito individualista, el socialismo es una teoría incompatible con la naturaleza humana y está así condenado al fracaso.

En un mundo de escasez, es esencial que los sistemas económicos se basen en estructuras de incentivos que promuevan la eficiencia económica. Las opciones reales que hay que enfrentar son: CAPITALISMO O SOCIALISMO. Dadas esas opciones, la evidencia histórica favorece ampliamente al capitalismo, como el mejor sistema productor de riqueza. La fuerza del capitalismo puede atribuirse al sistema de incentivos basado en tres puntos: 

1.Precios determinados por las fuerzas del mercado. 


2.Una contabilidad de ganancias y pérdidas. 


3.Derechos de propiedad privada. 

Precios 


El sistema de precios en una economía de mercado guía la actividad económica de una manera tan perfecta, que casi nadie aprecia su importancia. Los precios de mercado transmiten información acerca de la escasez relativa, y con ello coordinan eficientemente la actividad económica. El significado económico de los precios proporciona los incentivos que promueven la eficiencia. La única alternativa a los precios de mercado es la de los precios fijos o controlados, lo cual siempre transmite información equivocada acerca de la escasez de un recurso. De ello resultan conductas inapropiadas, pues la información falsa viene de un precio artificial, no de mercado. 

Ganancias y pérdidas 


El socialismo también se colapsó por su falta de un sistema contable de ganancias y pérdidas. Este sistema es un mecanismo eficaz que continuamente evalúa el funcionamiento económico de cualquier empresa. Aquellas empresas más eficientes y que mejor sirven al interés público son premiadas con ganancias. Las que operan al contrario son castigadas con pérdidas.  Premiando el éxito y castigando el fracaso, este sistema se convierte en un mecanismo disciplinario que continuamente quita los recursos a las empresas débiles e ineficientes, y los redistribuye entre las más eficaces y que mejor sirven al público. Con ello se asegura una constante re-optimización de recursos, y conduce a la economía hacia mejores niveles de eficiencia. Las empresas fracasadas no pueden escapar a esta fuerte disciplina que impone el sistema de ganancias y pérdidas. La competencia obliga a las empresas a servir al interés público, o sufrir las consecuencias. Bajo el socialismo no hay este sistema, ni puede medirse con exactitud el éxito o el fracaso de los programas diversos. Sin él, no hay manera de disciplinar a las empresas ineficientes ni de premiar a las eficientes. No hay manera de saber qué programas deben expandirse, ni qué otros deben contraerse o terminarse. Sin la competencia, las economías con planificación central no tienen una estructura de incentivos que les permita coordinar la actividad económica. Sin incentivos, el resultado es un ciclo espiral de pobreza y miseria. En lugar de redirigir continuamente los recursos hacia una mayor eficiencia, el socialismo cae en una vorágine de ineficiencia y fracaso. Cuando los activos son propiedad pública, no hay incentivos para estimular una administración sabia. Mientras la propiedad privada crea los incentivos para conservar y usar responsablemente la propiedad, la propiedad pública alienta la irresponsabilidad y el derroche. Si todos son dueños de un activo, la gente actúa como si nadie fuera el dueño. Y cuando no hay dueño, nadie cuida aquello. La propiedad pública alienta la negligencia y la mala administración. 

Los incentivos sí importan 


Sin los incentivos, las economías socialistas se estancan y se derrumban. La atrofia económica que padecen es consecuencia directa de su negligencia en materia de incentivos. Ninguna cantidad de recursos naturales puede compensar esto. Rusia, por ejemplo, es uno de los países más ricos en recursos naturales, y sin embargo ha permanecido en la pobreza bajo el socialismo. Los recursos naturales ayudan, pero el principal recurso de cualquier país es su pueblo, el recurso humano. 
El socialismo fracasa al ser incapaz de fomentar, promover y nutrir el potencial de los pueblos mediante los incentivos; las economías con planificación central impiden el desarrollo pleno del espíritu humano. Por el contrario, el capitalismo alimenta al espíritu humano, inspira la creatividad, promueve el espíritu de empresa, el ahorro, el trabajo duro y la eficiencia, y con todo ello el capitalismo crea la riqueza. 
La principal diferencia entre el capitalismo y el socialismo es ésta: EL CAPITALISMO FUNCIONA.

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