La mentira del 1 de mayo

1 May 2020

¡Feliz día del trabajador! Dice el cartel que el gobierno cuelga en cada uno de sus portales. El mismo gobierno que no nos está permitiendo salir a trabajar para ganarnos nuestro pan de cada día. Hipocresía en su máxima expresión. ¿Qué "festejamos" entonces este 1 de mayo? Un mito. Una falacia que le reza a la intervención estatal la salvación de todos nuestros conflictos económicos y que consagra a la huelga como el baluarte obrero. Pero quienes más festejan este día son aquellos que lucran con la permanencia de esta mentira y que recurrirán a la violencia sin dudarlo para defender sus privilegios: los sindicatos.

 

 

Sobre los sindicatos

 

¿Qué son los sindicatos? Instituciones que aparecieron en la historia para salvar a los más vulnerables: los trabajadores. Allí andaban: indefensos, explotados, produciendo 16 horas al día para simplemente comer, poder comprar velas si es que podían y sobrevivir en alguna vivienda hacinada. Pero gracias al cielo aparecieron los sindicatos, quebrando el salvajismo empresarial que sembró la primera revolución industrial a finales del siglo XVIII. Emergieron los bondadosos sindicalistas para crear "los derechos del trabajador", y así lograr todos los beneficios que un empleado tiene hoy en día en cualquier país desarrollado comparado con cómo vivían dos siglos atrás. Listo ¿no? Aquí debería terminar el artículo, sino fuera porque todo lo dicho en este párrafo es una de las farsas más dañinas que existen sobre los más pobres.

 

Los aduladores del sindicato, obvio, hacen oídos sordos a una realidad innegable: los países donde más enriquecido se encuentra un asalariado es donde menos sindicalizados están. Observemos el ejemplo de Estados Unidos a lo largo del siglo XIX: antes de las conquistas de las guerras mundiales, los trabajadores de la nación americana fueron los que más poder adquisitivo ganaron en el mundo. Si los sindicatos en EEUU hubieran sido realmente protagonistas de la negociaciones salariales y demás, al mejor estilo de Hugo Moyano o Luis Barrionuevo, estaríamos hablando algo lógico; los sindicatos llegaron a Norteamérica para distribuir equitativamente, reducir las excesivas ganancias del empleador y enriquecer al humilde e indefenso trabajador. ¿Suena bien no? Lamentablemente esto se desploma cuando estudiamos los datos de Tom Woods, quien revela que en el período en cuestión, los trabajadores menos sindicalizados del mundo fueron los norteamericanos.

 

En contraposición, tenemos el ejemplo de Argentina, donde los sindicatos aparecieron con fuerza popular concreta entre 1910 y 1920 (con varios muertos encima, para no olvidarnos de la Semana Trágica que vivimos hace 100 años atrás, en nombre de los trabajadores) y se consagraron con poder formal a partir del primer peronismo y posteriores gobiernos dictatoriales y democráticos, que sin necesariamente ser peronistas, incrementaron la preponderancia sindical hasta llegar al escenario actual donde un secretario general de un gremio es prácticamente el líder de una mafia que ya no sólo se desenvuelve en el área que lo compete, sino que puede presidir clubes de fútbol, tener acciones de empresas, contar con familiares muy cercanos con cargos en el congreso, y disfrutar de la veneración de sus afiliados, sin mencionar sus incalculables patrimonios de los cuales nadie puede ni siquiera mencionarlo porque su vida puede correr peligro inmediatamente.

 

Volviendo a nuestro ejemplo criollo, al mismo tiempo que se instaló un sindicalismo con poder legal cada vez mayor, Argentina fue cayendo estrepitosamente en el ránking mundial de ingreso per cápita, ocupando los primeros diez puestos a mediados del siglo pasado para llegar a la pobrísima ubicación actual que naufraga entre el puesto 62 y 66. Es decir, el período de mayor sindicalización en Argentina coincide con el período donde más se empobreció el país. Mientras que en Estados Unidos, el período donde menos sindicalizados estaban los trabajadores fue consolidada la verdadera época dorada del desarrollo americano. Atrás queda el verso de "los derechos del trabajador" y las falsas vacaciones pagas, la falacia del aguinaldo, y la brutal estafa que existe en el fraudulento manejo de los fondos de las obras sociales que nadie se atreve a auditar. El rol de intermediador en la provisión de la salud a través de las obras sociales, rol que los sindicatos no cumplen en ningún país digno de ser considerado como modelo. A propósito, en Argentina hay 280 obras sociales de las cuales 40 atienden al 70% de los trabajadores. ¿El resto? Nadie sabe. O mejor dicho sí sabemos. Simplemente hay que inspeccionar los patrimonios de los 'gordos sindicalistas' y todo va a aparecer.

 

¿El primer trabajador?

 

En todos los institutos educativos se repite la misma falacia: antes de la existencia de Perón, trabajar en Argentina era ser un esclavo negro en Estados Unidos en el siglo XIX. Estamos convencidos de que toda la legislación y los "beneficios laborales" llevan la insignia de los dedos en V, cuando cualquier persona que tenga un libro de historia (o acceso a Internet) puede corroborar que eso es, simplemente, mentira. Veamos algunos casos entonces:

 

La ley 4661 de descanso dominical, redactada en base a un proyecto del diputado socialista Alfredo Palacios, fue sancionada en septiembre de 1905, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca.

 

La jornada laboral de 8 horas fue establecida por una ley de 1929, es decir, en el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen.

 

La prohibición de que las mujeres realizaran trabajos peligrosos y el otorgamiento de beneficios tales como pausas para amamantar o la protección del trabajo infantil, surgen de la ley 5291 de 1907.

 

La ley de accidentes de trabajo fue sancionada en 1915 durante la gestión de Roque Sáenz Peña.

 

La primera ley de jubilaciones fue sancionada en 1924, durante el gobierno de Alvear.

 

Entendemos que la idea de una "nueva fundación" en 1945 era parte del ideario y de la lógica peronista. La asociación de Perón y Evita con los padres de la familia, de Perón como refundador y protector responden a esta narrativa. Sin embargo, ya no estamos en 1945, aunque algunos sigan encerrados en las mismas categorías analíticas. Los argentinos y, sobretodo los obreros, tienen que entender que no le deben nada a nadie, sino que todo es logrado por su propio sudor y trabajo.

 

Veamos lo que hacen el encierro analítico y las mentiras sostenidas en el tiempo.

 

El terror a la tecnología

 

La mera existencia de sindicatos poderosos en pleno siglo XXI nos lleva a descubrir por qué un país como Argentina no se sube al tren del desarrollo y sus trabajadores son cada vez más pobres. Pero oponerse a los cambios tecnológicos es quizá la postura más dañina que existe, peor que cualquier acto de corrupción sindical.

 

Por ejemplo, los gremialistas del correo luchan contra el e-mail, de manera que hay que seguir cortando árboles para hacer papel, se gasta innecesariamente en tinta y transporte para llevar todos los meses miles de facturas de servicios y demás. Los violentos sindicatos de taxis combaten con agresiones salvajes a los choferes de UBER y Cabify.

 

Los sindicatos de Aerolíneas Argentinas resisten el Web-check in y las low cost, los gremios de micro buscan preservar los trabajos improductivos de los ómnibus de larga distancia. Todos estos sobreprecios frenan el crecimiento del turismo. Por cada empleo perdido en los micros de larga distancia se crearían miles en nuevas compañías aéreas, crecería el turismo internacional, abrirían nuevos centros de esquí, y los hoteles y restaurantes multiplicarían sus clientes. Moyano también impide la aplicación del Telepeaje, subiendo otra vez los costos que cargan los automovilistas y aniquilando la creación de nuevos empleos con el dinero ahorrado.

 

El avance tecnológico es el proceso que Joseph Alois Schumpeter llamó "destrucción creativa" y que todo empleado actual disfruta a través de todos los bienes y servicios que lo rodean. Las huelgas y los sindicatos existen solamente para cortar estos avances. ¿Se imaginan si hubiéramos impedido el avance de Netflix para defender los empleos de Blockbuster o trabado la aplicación de Spotify en pos de los trabajadores de las discográficas? No sólo que millones de personas no disfrutaríamos de estos servicios, sino que decenas de miles de empleos directos y especialmente indirectos no hubieran sido creados.

 

¿Qué le permitió al trabajador los lujos de la actualidad?

 

En tiempos de Karl Marx, cuando hablaba de "la explotación del hombre por el hombre", los obreros trabajaban 14 horas por día sin vacaciones pagas. No había electricidad y las velas eran solo conseguidas por los ricos. En 1850 una vela costaba seis hora del trabajo de un obrero promedio. En cambio, en 1997, esa misma cantidad de luz cuesta menos de medio segundo de trabajo y ya no es un bien exclusivo de los ricos. Una disminución de desigualdad que ningún diario te la va a contar.

 

Marx se sorprendería de saber que hoy un trabajador promedio de una fábrica va a trabajar en auto, trabaja menos que sus jefes y llega a su casa donde todavía tiene mucho tiempo para repasar la tarea de su hijo, ver juntos la televisión, y el fin de semana puede llevar a sus hijos al parque a hacer ejercicio.

 

También se sorprendería si viera que, en 1926, fue el malvado explotador capitalista Henry Ford, quien limitó las largas horas de trabajo de seis días por semana, por una semana de 40 horas y dos días de feriado. Pero ¿qué pasó realmente? ¡Logramos todo con las huelgas! ¿Por qué éramos tan pobres? ¡Faltaban sindicatos fuertes!

 

La respuesta es que no. La economía era tan primitiva que no podíamos darnos los bienes materiales necesarios para brindarnos el estándar de vida al que estamos acostumbrados, y que si no estábamos trabajando desesperadamente no había producción ni siquiera suficiente para sobrevivir.


Si recordamos lo que decían nuestros maestros en la primaria-secundaria o en las propias universidades, era que esto se debía a que los ricos tenían todas las cosas y que egoístamente se negaron a redistribuir. El problema con este razonamiento es que si un rico capitalista tiene 20 muebles contra miles de obreros que tienen uno solo cada uno, expropiarlos y distribuirlos a todos significa un pedacito de madera para cada trabajador. Evidentemente, esto no tendría ningún impacto, los pobres seguirán en esa condición, y lo que provocaría es que probablemente el hombre rico se mudaría a otro país después de eso.
 

Así que la idea de "no tenemos suficiente estado para redistribuir las cosas" es absurda. Por el contrario, el estado no debe meterse. Lo que sucedió fue que los empresarios acumularon ganancias, invirtieron en bienes de capital y compraron máquinas que aumentaron la productividad, ya que con las manos no se podía producir más. Como consecuencia, facilitaron y agilizaron los mecanismos de producción y abarataron los precios de todas las cosas. Desde la Revolución Industrial (1780-1840) en adelante, este proceso nunca se detuvo y hoy lo vemos en la actualidad aplicado en la alta tecnología.

 

Si Karl Marx resucitara y pudiera visitar las principales empresas de Estados Unidos, tal vez vería con agrado que sus predicciones fallaron en todos los sentidos. Lo único que debemos festejar este 1° de mayo, es que la humanidad encontró al modelo productivo, basado en la propiedad privada de los medios de producción, que benefició la vida del trabajador como nunca antes en la historia, y que uno de esos obstáculos que impide mejorarla aún más, son los sindicatos.

 

*Carla Nicole Alegre Magliocco, licenciada en ciencias políticas de la UCA

  Eliseo Bottini Antunez, periodista de la UP

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