El costo político de no querer pagar el costo político

11 Dec 2019

El desempeño económico de la gestión de Mauricio Macri fue más que decepcionante, ya que una gran proporción de sus votantes compraron el slogan de “Cambiemos” como la posibilidad de un cambio real, el cual incluía la pobreza cero, la reducción de impuestos a las ganancias y la “lluvia de inversiones”, entre otras.

 

 

El fin de la gestión kirchnerista mostraba la necesidad de un cambio de rumbo. En la elección de 2015 la mayor parte de la población votó en contra de un sistema económico basado en el Estado paternalista y de carácter  proteccionista, buscando una opción que nos volviera a insertar en el mundo, sin saber que estaba dándole continuidad al mismo modelo.

 

Macri dilapidó una oportunidad histórica por no querer pagar el costo político de reformar. Si bien en los primeros meses las medidas parecían encaminar el rumbo: el levantamiento del cepo cambiario, la quita de retenciones, el fin del default y  la reducción de subsidios a los servicios públicos (y consecuente reacomodamiento de precios relativos), entre otros, el excesivo gradualismo le quitó la credibilidad a la gestión.

 

Está empíricamente comprobado en la literatura relativa a los planes de estabilización que los ajustes estructurales se deben realizar al inicio de las gestiones, ya que se cuenta con el apoyo político de haber ganado las elecciones, y que estos planes funcionan en la medida que estos tengan credibilidad y se encuentren enmarcado en reglas (y planes económicos consistentes).

 

¿Qué es lo que pasó? El gradualismo no sólo se hizo  eterno, sino que no se contaba con el nivel de ajuste ni con un horizonte temporal definido. Esto comenzó a erosionar la confianza, ergo, la credibilidad cayó en picada.

 

Y no estamos hablando de los últimos meses, en los que se podría “culpar” a los resultados de las PASO, sino que esto se observaba ya desde el primer año de gestión, en el cual la política de metas de inflación llevada a cabo por el BCRA de Sturzenegger iba a contramano de la expansión fiscal de Prat Gay desde Hacienda. Si bien la pulseada en esta pelea la ganó el presidente del BCRA, un año más tarde Marcos Peña le asestó el golpe de gracia, e hizo naufragar todo intento de estabilizar la inflación.

 

De ahí en más, el problema se desmadró. De la “mesa de dinero” de Caputo a Sandleris, con su plan de tipo de cambio flexible entre bandas y emisión cero (oculto bajo la emisión de LELIQs) con una tasa de interés que hacía inviable cualquier oportunidad de inversión; Dujovne con la vuelta de las retenciones, los US$57.000 millones del FMI y el déficit cero y Lacunza que piloteó la transición bajo la tormenta.

 

En este contexto, la inflación se descontroló debido a la fuerte caída de la demanda de dinero, el tipo de cambio siguió su escalada, aun con intervención del BCRA, el nivel de actividad se desplomó y con ella el empleo y la inversión, los salarios reales se contrajeron y con ellos aumento la pobreza y la indigencia.

 

Unos pocos números para ilustrar la situación: los salarios reales cayeron, en promedio un 16% desde octubre de 2016, el empleo registrado se contrajo un 5% durante el mismo período, la pobreza pasó del 30,3% de las personas en el segundo semestre de 2016 a 35,4% en el primer semestre de este año (además de acuerdo a la UCA durante el tercer trimestre de este año la pobreza se disparó a 40,8% de la población, de las cuales 8,9% se ubicaba en la indigencia).

 

Además, la inflación pasó de un 27,8% anual al inicio de la gestión a un 50,5% anual de acuerdo al último dato disponible, alcanzando un máximo de 57,3%; la tasa de interés finalizó por encima del 60% (habiéndose ubicado por debajo del 20% durante la gestión de Sturzenegger) y tras la recuperación de las reservas internacionales desde el mínimo de US$ 25.563 millones a US$ 71.663 millones luego del desembolso del FMI, las mismas finalizaron en US$ 43.748, un 39% por debajo del valor pre PASO, por las ventas del BCRA para contener la suba del tipo de cambio.

 

Por último, la lluvia de inversiones no sólo nunca llegó, sino que las altas tasas de interés y la incertidumbre reinante, sumado a los continuos cambios de reglas de juego, hicieron que la participación de la formación bruta del capital pase del 20,2% del PBI al inicio de la gestión al 16,5% al final, complicando el desempeño de largo plazo de la economía.

 

Lo más paradójico es que el electorado que votó a Cambiemos le firmó un cheque en blanco para que lleve a cabo las reformas estructurales que le permitiesen a Argentina entrar en el club de los países exitosos, cuyas economías son de alta productividad, competitividad e integración al mundo, cimentadas en un estado eficiente y con impuestos razonables a fin de permitir el desarrollo de la actividades productivas.

 

El gobierno macrista finalizó siendo más kirchnerista que el mismo kircherismo: controles de precios, cepo cambiario, restablecimiento de retenciones e inflación fuera de control, por citar una pocas. Esto le costó no sólo le costó la reelección a nivel nacional, sino también en varios distritos, desatancándose la provincia de Buenos Aires. La coalición Cambiemos (o su versión aggiornada de Juntos por el Cambio) terminó pagando un altísimo costo político por no querer pagar el costo político inicial, que sin lugar a dudas hubiese sido mucho menor, y hubiese encaminado a la economía en un sendero de expansión.

 

 

*Eliana Scialabba es Licenciada en Economía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con un Posgrado en Economías Latinoamericanas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Naciones Unidas. Doctorando en Economía en UCEMA. 

 

 

 

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