Sobre las etiquetas colectivistas

16 Aug 2018

En la actualidad existe una tendencia a asimilar conceptos sin detenerse a pensar en la verdadera esencia de sus implicancias, damos por sentado terminologías y las hacemos carne sin analizar el impacto que estas tienen sobre nuestro quehacer rutinario.

 

En el campo de lo sociológico existe lo que se conoce como La Teoría del Etiquetado que explica la influencia que puede llegar a tener un determinado concepto sobre la formación de identidad de un individuo. Dicha teoría manifiesta la forma en que el comportamiento del individuo se encuentra a merced de los conceptos utilizados para referenciar este comportamiento. Es decir, la famosa profecía autocumplida. De esta teoría parte toda la cultura de los nombres y la importancia de escogerlos antes del nacimiento del individuo en relación al comportamiento que se le desea en el porvenir. Tiene cierta lógica y no es sorprendente que en general el individuo termine con una actitud similar al significado popular de su nombre.  Es una etiqueta que termina por sembrarse en el inconsciente del sujeto. Es por ello, que la importancia de recalcar y definir adecuadamente los conceptos se vuelve tan indispensable para los que tenemos la tarea de comunicar e informar.

 

El economista de la escuela austríaca de economía, Ludwig Von Mises, se toma el trabajo de refutar a lo largo de varios capítulos de Acción Humana  algunos conceptos que se encontraban bien arraigados a las raíces de toda la sociedad, haciendo siempre hincapié en redefinir la concepción de lo colectivo. Consecuentemente intentaré hacer lo mismo.

 

Es necesario ir a lo básico, lo colectivo en general se relaciona con las organizaciones. La finalidad que caracteriza a todas las organizaciones es proteger los intereses de sus miembros, intereses que en son popularmente considerados intereses comunes. Esta idealización hace mucho ruido  porque los individuos difieren entre sí como la huella dactilar del pulgar. Los individuos persiguen intereses individuales que, sean estos egoístas o altruistas, no dejan de ser personales. Es imposible imaginarse lo colectivo por el simple hecho de que nadie más que uno sabe lo que le pasa. Cada uno es un mundo aparte e intentar imponerse a otro es inútil. Si la consciencia es individual el interés también lo es.

 

El problema que tienen las organizaciones es que sus miembros son, justamente, seres individuales. Es decir, el individuo haciendo eco de su naturaleza prefiere no intervenir en acciones colectivas e intentar recibir cualquier tipo de beneficio sin ningún tipo de esfuerzo. En la jerga económica se los define como free riders. Para resolver este problema las organizaciones deben imponer algún tipo de sanción u ofrecer algún tipo de atractivo, es decir, deben recurrir a incentivos.

 

Existen dos tipos de incentivos uno más coercitivo que otro: el económico y el de presión. El económico recurre a la cuestión material para incentivar a la persona a adherirse mientras que el de presión social ya es más coercitivo porque se impone muchas veces a la fuerza. Como se observa lo colectivo siempre se encuentra relacionado a lo represivo y a lo que va en contra de los deseos personales.

 

Por otra parte, en el ámbito ya de las decisiones colectivas la situación es aún más crítica. Por ejemplo, en el Congreso cuando los legisladores tienen que tomar decisiones colectivas, como aquellas relacionadas con el Presupuesto Nacional, se producen dos comportamientos:

  • Log Rolling: cuando los legisladores acuerdan intercambiar votos para la aprobación de su proyecto o el interés de su grupo. Se genera una relación de poder simétrica ya que los involucrados intercambian votos por el “mismo voto”, un voto por otro voto.

  • Pork Barrell: sigue siendo intercambio de votos pero uno de los agentes le pone una especie de “precio” a su voto. Este precio es una contribución de dinero público (financiamiento de obras públicas) para financiar proyectos locales. Esta sí es una relación asimétrica de poder.

Ambas prácticas terminan por invalidar cualquier tipo de justificación democrática. Los intereses particulares de unos pocos terminan afectando la libertad de la mayoría.

 

También en la toma de decisiones de políticas de Estado se produce un comportamiento propio de intereses ausentes de libertad económica:

  • Rent Seeking: las decisiones de política económica se realizan de acuerdo al poder de lobby de grupos particulares. Su objetivo es instigar una regulación que redistribuya renta a favor de sus intereses particulares. Siempre que haya una renta adicional por ser explotada a costa del Estado, siempre van a encontrarse cazadores de renta. Esta práctica genera que los lobbistas compitan entre ellos intentando hacerse del Estado y no querrán competir para mejorar su producción. Es el origen de un Estado enorme y obsoleto.

Siempre que lo colectivo prima sobre lo individual el costo de oportunidad es infinito: la libertad. El individuo debe sacrificar sus anhelos para terminar favoreciendo a aquellos grupos políticos con mayor poder. Es completamente utópico el concepto de acción colectiva, no existe, no tiene y jamás tendrá lugar. Lo único tangible es el individuo que acciona y cualquier tipo de imposición devendrá en prácticas que terminarán por inclinar la balanza sobre unos pocos. Si no se define el concepto de lo colectivo, terminaremos teniendo una sociedad sin propósito más que servir los deseos de quien se encuentre en el Estado. Nada más temible, ni nada menos esclavo que la servidumbre consentida.

 

*Natalia Motyl es Economista y analista económica de la Fundación Libertad y Progreso.  

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