Donald Trump, tariffs y libre comercio

Reflexiones de Manuel Ayau sobre comercio internacional

 

El espectro político de los Estados Unidos, a pesar de no ser estrictamente bipartidista, sí que lo es para fines prácticos, pues no hay más partidos con poder político real que los Demócratas y los Republicanos, destacándose los primeros por sus medidas sociales liberales y sus medidas económicas intervencionistas, y los segundos por sus políticas sociales conservadoras y sus políticas económicas liberales.

 

Así ha sido desde siempre y esas son las cuestiones que determinan el destino político de los Estados Unidos y, en buena medida, del mundo. No obstante, a veces los políticos más importantes son infieles a los principios de los partidos que los eligieron y terminan alterando sus políticas a conveniencia suya o de grupos de poder específicos. Y aunque sin duda ambos partidos tienen no pocas cosas reprochables, Donald Trump ha sido especialmente un hombre de acciones variopintas, unas a destacar y unas a reprochar.

 

Entre ellas resulta particular la reciente imposición de aranceles o tariffs a los paneles solares, a las lavadoras, al acero y al aluminio que cubrían el 4.1% de las importaciones.

 

Como Republicano, Trump se ha regodeado de beneficiar siempre el libre mercado, pero ¿demuestran eso sus últimas acciones como parte de su política económica?

 

¿Comercio entre países?

 

Como es bien sabido, el clima político migratorio fue uno de los factores clave en la elección del candidato más nacionalista de los últimos años. En ese sentido, Trump invoca la protección de la economía nacional como fundamento de esos aranceles. En ese sentido, el “comercio entre países” es una circunstancia que el presidente norteamericano considera objeto legítimo de la intervención estatal.

 

A ese respecto, dice Manuel Ayau, pensador y académico liberal de Guatemala:

 

“cuando pensamos en comercio internacional, no podemos perder de vista que son las personas, no los países, quienes intercambian”.

 

Los mismos principios de la economía de mercado dictan la no intervención de los gobiernos en los procesos económicos: la libre competencia es la única forma de garantizar lo que Ludwig von Mises llamaba “plebiscito diario del mercado”, como forma democrática de otorgar nuestro voto (en forma de dinero) a quien más le conviene al consumidor.

 

Los países, pues, no comercian y no es ni necesario ni legítimo que el gobierno meta sus manos en ese proceso para “protegerlo”. Trump no ha entendido eso por una simple razón: ha sido toda su vida empresario afín al proteccionismo y, siendo presidente, sigue actuando como empresario afín al proteccionismo.

 

Trump, empresario

 

Sobre los empresarios que buscan favores estatales, dice también Manuel Ayau:

 

“sería raro que los exportadores promovieran la baja de los impuestos de importación. Sospecho que es porque no están al tanto de que la supresión o rebaja de las tarifas de importación aumentaría sus ingresos. Pasa inadvertido que disminuir los impuestos y obstáculos a las importaciones es de interés para los exportadores, pues, como se indicó, en la medida en que suba la demanda de divisas y, en consecuencia, su precio, en esa medida resultará más rentable para exportar.”

 

Como muchos que están a favor de la imposición de estos aranceles, Trump aduce que de esta forma se protege a los empresarios en su quehacer económico como si el Gobierno y sus regulaciones fueran la mejor forma de decidir sobre lo que es mejor, más conveniente y de mayor calidad para los consumidores.

 

Libre mercado

 

Sigue Ayau:

 

“impedir que las personas aprovechen las ventajas de las importaciones más baratas es impedirles que aprovechen las ventajas de los nuevos inventos y métodos ahorradores de trabajo.”

 

El mercado es más libre cuando las personas son más libres: libres de elegir qué opción tiene mejor calidad y precios más beneficiosos para su costo de oportunidad. Sólo entonces hay una verdadera y pura economía de mercado, en donde los recursos se asignan a conveniencia de los consumidores y nadie puede enriquecerse si no enriquece a aquellos con quienes libremente intercambia.

 

Las medidas de Trump fallan en atender a esos principios de libre mercado que se supone deben seguir los Republicanos. Pero incluso ellos mismos han fallado a esos principios miles de veces.

 

En su libro “Not a zero sum game” Ayau indica que la competencia de importaciones más baratas ciertamente afecta a los productores locales, obligándolos a cambiar, abandonar actividades e incluso dejar de lado activos productos que se tornan obsoletos, pero que esos cambios no son evitables si se desea progresar.

 

El libre comercio funciona así: quien no innova, ofrece mejor calidad y mejores precios, muere. El único beneficiado, al fin y al cabo, es el consumidor que puede elegir entre una gama amplia de bienes y servicios a su disposición que compiten en igualdad de condiciones.

 

Todo lo que atente contra esos principios es nocivo porque perjudica la igualdad jurídica por la que el libre mercado aboga. Ahí se incluyen medidas proteccionistas para productores locales, beneficios para grandes empresas e incluso incentivos a pequeñas y medianas empresas.

 

Al final, las medidas de Trump pueden causar una guerra comercial que afecte a los consumidores y son reprochables en tanto que constituyen no una necesidad, sino un capricho del presidente de los Estados Unidos.

 

 

*José Javier Gálvez es miembro del Equipo de Bloggers de EsLibertad Latinoamérica.

 

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